De noche paseaba este estudiante por la costanera. No se sorprendió al ver venir en sentido contrario a una muchacha joven y sonriente – Me dices la hora, por favor- ¿tuvieras un cigarro que me dieras?. Y conversaron sobre el clima, sobre lo lindo de las estrellas, sobre el agua del mar, que en la noche es tibia. Mojaron sus pies.
Enternecido por esa niña frágil, con vestidura anticuada, que balbucea disculpas para retirarse, él propone acompañarla a su casa… ella se niega.
Insistiendo, él la convence de abrigarse con su chaqueta. -Me la devuelves mañana, si quieres juntarte conmigo-. – No, no es seguro que pueda salir-. – Ah, entonces yo mismo puedo ir a buscarla si me dices tu dirección-. – Bueno, anda tú: camina hasta el final de la calle, subes hasta el faro; verás un portón, camina dos cuadras para adentro hasta el árbol: ahí al lado es-.
Con el sol brillante, el joven maldice su memoria: ha seguido las indicaciones que recuerda, ¡pero no puede ser! Duda. Entra por el único portón, vacila; es claro que lo han engañado: ella le mintió, le robó y aún lo mandó al cementerio. Más por rabia que por interés continúa… Llega, y estupefacto advierte su chaqueta sobre una tumba <es una broma, una broma pesada>. Camina dos pasos a la derecha y la recoge. Antes de irse empavorecido a contar su espectral historia puede leer en la inscripción fúnebre el mismo nombre de la niña de ayer.
Fuente: Valparaíso: El mito y sus leyendas, pág. 24. Víctor Rojas Farías.