Se dice que existía una misteriosa cueva habitada por un chivato demoníaco, que por las noches atrapaba a los incrédulos porteños que merodeaban el lugar. El maldito peñasco, no solo era temido por quienes allí usa osaban dar pasó, sino también por los barcos que descansaban en la Bahía y que al más mínimo soplón del Norte se veían atraídos hacia las afiladas rocas.
Tan frecuentes fueron los incidentes que se produjeron este lugar, que fue llamado por los marineros “Cabo de Hornos”. La leyenda cuenta que el demonio se acercaba al océano para atrapar a las sirenas que peinaban sus cabelleras a los roqueríos. Los porteños aseguraban que en las noches se aparecía el diablo con la apariencia de un robusto chivo y con su mirada y hipnotizaba a sus víctimas, impidiendo así su fuga. Los que lograban encontrar la huida, lo hacían desenfrenadamente hacia el mar, donde encontraban la muerte destrozados cerca de la rompiente donde se podían ver los restos de animales y huesos humanos, todos sin rastros de sangre.
La historia a pasado de boca a boca por más de 100 años y cuenta la historia de un hombre que, en la noche más oscura y tormentosa de todas las que pueda imaginarse el puerto, junto a su nave fue a estrellarse en los temidos acantilados. Al lograr desembarcar en las rocas con las costillas afuera y repleto de sangre, pudo observar la maldita cueva, y cerca de ella sintió el llanto y súplicas de algunas mujeres de la tripulación. Las súplicas serían escuchadas por el maldito Chivato, y al ver la sombra que tomaba a las mujeres y las arrastraba hacia los confines de esa cueva de la muerte hubo de desvanecerse pensando que allí moría. Al otro día, al despertar, pudo darse cuenta de que era el único sobreviviente.
Con el correr de los años la llegada de la dinamita hizo desaparecer la cueva y permitió al establecimiento de comercio en la zona, el lugar paso de ser llamado cabo de hornos a calle del Cabo que la actualidad se llama Calle Esmeralda.